
La Globalización. Historia y Actualidad
Autores
Alfredo Riquelme Segovia
Doctor en Historia
Universidad de Valencia
Michelle León Hulaud
Licenciada en Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile
La aceleración y profundización del proceso histórico de globalización durante las últimas décadas, ha hecho evidente la imposibilidad de concebir los fenómenos económicos, sociales, políticos y culturales privilegiando el marco nacional. Desde este punto de vista, las instituciones, valores y fenómenos que han configurado la historia contemporánea de Chile sólo pueden ser comprendidos en el contexto global. Más aún, la presencia de lo global ha dejado de concebirse como algo meramente exterior, en cuanto incide muchas veces decisivamente en la propia constitución de sujetos y en el desarrollo de procesos tradicionalmente concebidos como nacionales. No se trata simplemente de considerar las relaciones internacionales de Chile como un factor que incide desde fuera; sino de entender cada dimensión de la historia nacional imbricada en otras historias, así como de comprender la incidencia de nuestra historia en éstas.
A través de algunos ejemplos, podemos apreciar mejor esa imbricación entre procesos globales y
nacionales a lo largo de nuestra historia:
De la conquista a la independencia.
La propia formación histórica de la sociedad chilena, así como de las demás sociedades surgidas de la instalación de los españoles y otros europeos en América y de las relaciones de dominación y mezcla cultural que establecen con los pueblos originarios, es producto de la globalización entendida como un proceso histórico de larga duración.
De la interdependencia a la integración de Chile en el mundo.
Reemplazar la subordinación al imperio por el comercio libre con todas las naciones fue una de las
principales motivaciones de quienes impulsaron la independencia de nuestro país en 1810. Se trataba simultáneamente de afirmar la soberanía del país y de integrar Chile al mundo, rompiendo las restricciones impuestas por el vínculo colonial.
El cambio que la independencia provocó en la relación de la sociedad chilena con el mundo, posibilitó una mayor exposición de ésta a las influencias modernizadoras y liberales de Europa y Norteamérica, en los ámbitos cultural, político y económico.
Desde la década de 1880 hasta la de de 1920, la explotación del salitre fortaleció al sector exportador como la principal fuente de riquezas, al tiempo que multiplicó el papel de los inversionistas de los países más desarrollados en la economía del país.
La extensión de las funciones del Estado en obras públicas y educación, así como la modernización de las Fuerzas Armadas, se realizó en esta misma época sobre la base de modelos europeos.
El ascenso de los sectores medios y populares y su lucha contra las características oligárquicas del
orden político y social existente, desde posiciones liberal democráticas, nacionalistas, social cristianas y socialistas, es decir, inspiradas en las ideologías que forjaban el debate político y social en el mundo de la época y que bien podemos definir como globales.
Chile fue muy afectado por la Gran Depresión de 1929 y luego por la Segunda Guerra Mundial, que nos cerraron las puertas de la integración a la economía mundial. Los gobiernos de la época, sin distinción política reorientaron la economía hacia el mercado interno. Esto sucedió tanto en Chile como en toda América Latina.
En ese contexto, la integración de la economía mundial tuvo un carácter más bien regional y parcial, abriéndose a una variedad de fórmulas: aranceles diferenciados, asociaciones de libre comercio, uniones aduaneras, mercados comunes.
Una vez superados los efectos de la Segunda Guerra, Chile mantuvo una fuerte aspiración hacia la integración de las economías de América Latina. Esto se realizó a través del avance gradual y progresivo hacia una integración que comenzó a materializarse en los años sesenta, en iniciativas como la ALALC y el Pacto Andino.
Entre fines de la década de 1940 y fines de la de 1980, la confrontación ideológica y política global conocida como guerra fría, incidió poderosamente sobre las formas y la intensidad de los conflictos políticos nacionales.
La polarización que atravesaría a la sociedad chilena desde la segunda mitad de los años sesenta, fue acicateada por el clima de confrontación ideológica global entre los bloques internacionales de la época, encabezados por Estados Unidos y la Unión Soviética, la cual se expresaba en la región en el antagonismo entre la potencia hegemónica en el hemisferio y los movimientos de izquierda que habían adquirido una mayor fuerza desde la revolución cubana. Asimismo, el régimen militar se instaló y consolidó en el poder considerando a Chile como campo de batalla de la guerra fría.
Y, finalmente, el proceso de transición a la democracia en Chile y las transformaciones ideológicas de sus protagonistas que lo hicieron posible, se desarrollaron en el contexto histórico marcado por el fin de la llamada guerra fría a nivel mundial y particularmente por el derrumbe del comunismo en Europa del Este y la Unión Soviética entre 1989 y 1991.
Chile: los claroscuros de un modelo de desarrollo
Palabras de apertura Seminario sobre Globalización
CEPAL – Banco Mundial
“Es especialmente acertado hacer el seminario en Chile, país que encabeza los esfuerzos de América Latina en cuanto a la apertura comercial y las reformas estructurales, y que ha sido ejemplo de gestión macroeconómica para los países de la región.
Chile es un caso de globalización exitoso, ya que ha experimentado un crecimiento económico espectacular. El país registró un crecimiento promedio de 6,5 por ciento durante la década de los noventa, pese al efecto de la crisis rusa, la cual causó una recesión generalizada en América Latina en 1999. Y en los últimos dos años, la economía chilena registró un crecimiento superior al 2,5%, muy por encima de la media regional, en medio de la fuerte desaceleración global.
Asimismo, el país muestra cifras en cuanto a reducción de la pobreza que son envidiables para el resto del continente. La pobreza extrema afecta al 4 por ciento de la población, mientras que la pobreza en general ha sido reducida a la mitad durante los últimos 10 años – disminuyendo a 21 o hasta 17 por ciento, dependiendo de cómo se mida la línea de pobreza. (...)
Por último, pese a los logros obtenidos en los indicadores sociales, aun existen grupos que se enfrentan con más de un obstáculo para alcanzar mejores estándares de vida. Por ejemplo, la desigualdad existente
en cuanto a ingresos sigue siendo alta en Chile. La población indígena, los jóvenes, las madres solteras y los pobladores rurales son los más afectados por este fenómeno. (...)”
David de Ferranti, Vicepresidente para América Latina y el Caribe, Banco Mundial, Santiago, Chile, 7 de marzo de 2002. Fuente: http://www.worldbank.org
La inserción de Chile en la economía mundial, ha experimentado una profunda transformación desde mediados de la década de 1970. El modelo económico centrado en el mercado y la iniciativa privada, implantado por el régimen militar e inspirado en el neoliberalismo, redujo las barreras arancelarias que protegían a la producción nacional de la competencia externa, abriendo el país a la importación masiva de bienes de consumo, favoreció la inversión extranjera e incentivó el acceso a créditos internacionales.
Estas políticas económicas sufrieron un duro revés con la crisis de 1982. Sólo a partir de 1985, se inició un ciclo de crecimiento y se consolidó el modelo exportador asentado en el mercado y en la inversión privada. La implantación de las políticas económicas neoliberales tuvo un alto costo social. La fuerte contracción del gasto social se tradujo en el reemplazo del Estado de Bienestar, orientado al conjunto de la ciudadanía, por una red asistencial focalizada en la población en extrema pobreza.
La etapa que se inicia en Chile en 1990 con la restauración de la democracia, se caracteriza por la consolidación y la continuidad del proceso de integración de la economía chilena a la economía global.
Junto a ello, se introducen políticas sociales más activas e integrales, financiadas por un aumento del gasto social especialmente en las áreas de educación, salud y vivienda, con miras a reducir la pobreza y elevar el Desarrollo Humano del país. Así, se reafirma el modelo de desarrollo hacia fuera, basado en la apertura a la inversión extranjera y en las exportaciones, y se mira al mundo desarrollado como modelo y fuente de progreso.
Prácticamente por una década el país mantuvo tasas de crecimiento en torno al 7% anual, a la vez
que disminuyeron los índices de desempleo, pobreza e inflación y el consumo se expandió a nuevos sectores sociales.
Durante la última década, Chile se ha distinguido por llevar a cabo una política de Estado en materia de negociaciones externas, sustentada en el argumento de que ha sido la apertura de la economía lo que ha permitido duplicar el PIB. En esta línea, desde comienzos de la década de 1990, Chile impulsó una fuerte política de negociaciones bilaterales que se tradujo en múltiples acuerdos con gran parte de los países de América Latina, incluyendo un acuerdo de libre comercio con el MERCOSUR en 1995. Por otra parte, los sucesivos gobiernos han mostrado su interés por alcanzar acuerdos bilaterales con Estados Unidos y la Unión Europea, adherir al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), incorporarse a la APEC y respaldar la creación del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA).
Finalmente, durante 2002, Chile ha llegado a acuerdos para establecer tratados de libre comercio con la Unión Europea, Corea del Sur y Estados Unidos.
De hecho, dado los buenos índices macroeconómicos de Chile, su bajo índice de riesgo país y su buena imagen internacional, el país se encuentra en una privilegiada posición de establecer acuerdos con los países desarrollados en relación al resto de los países de América Latina. Sin embargo, Chile está consciente que la globalización genera oportunidades, pero también puede acentuar las inequidades en el sistema internacional. Por ello, además de los acuerdos bilaterales y regionales de carácter comercial, la política exterior del país ha fomentado nuevas formas de cooperación internacional y la adopción de nuevas normas globales.
Ahora bien, como ya lo hemos visto a nivel mundial, la globalización en Chile también tiene dos caras.
A pesar del crecimiento económico, Chile tiene aún grandes desafíos respecto a la distribución de los ingresos y a la superación de la pobreza, pues, aunque la riqueza del país se ha acrecentado, la distancia entre ricos y pobres ha continuado profundizándose.
La Globalización y el Islam
Uno de los focos de tensión más evidentes, aunque por cierto no el único, entre culturas históricas y cultura global, se ha manifestado en las últimas décadas en el mundo islámico o musulmán.
Cuando hablamos de mundo islámico, nos referimos a diversas culturas que se extienden geográficamente entre el norte de África y el Sudeste Asiático, en las cuales predomina la religión musulmana.
Ésta cuenta con alrededor de mil millones de creyentes, extendiéndose a lo largo de los siglos desde la Península Arábiga en que nació hacia el conjunto del Medio Oriente, el Subcontinente Indio y las regiones ya mencionadas. Asimismo, existen importantes minorías musulmanas en el resto del planeta.
Es así como, en la actualidad, los doscientos millones de árabes representan sólo una quinta parte de los musulmanes del mundo
A partir de la crisis del petróleo de 1973, la comunidad internacional comenzó a prestar mayor atención al mundo islámico, debido al protagonismo que a partir de entonces adquirieron los Estados productores de petróleo (materia prima que se convirtió en un arma política) en el escenario global. El mundo islámico ha sido históricamente un entorno plural, caracterizado no sólo por la diversidad lingüística y cultural, sino también por la pluralidad de las expresiones y formas de la propia religiosidad.
Contra esa pluralidad, así como contra los estados seculares que –simultáneamente influidos por las ideologías occidentales contemporáneas y en conflicto con ellas– impulsaban la modernización de esas sociedades y el fortalecimiento de las identidades nacionales o etnolingüísticas, surgieron los movimientos fundamentalistas.
En 1979, la revolución que instaló una República Islámica en Irán anunciaría la gravitación que llegarían a alcanzar las versiones fundamentalistas de esa religión como fuerza ideológica, política y social en todo el Medio Oriente y el norte de África. Desde entonces, se han extendido en esas regiones diversos grupos ideológico – religiosos animados por el propósito de restablecer al Islam como fundamento único del orden político y social, que rechazan toda influencia cultural occidental y combaten la secularización que había caracterizado a los movimientos modernizadores y de liberación nacional, así como a los estados laicos postcoloniales. A ello debe sumarse las tensiones derivadas del conflicto árabeisraelí y de la posición que frente a él han tenido las potencias occidentales y principalmente Estados Unidos. Éste ha llegado a ser designado como el enemigo principal por las distintas corrientes del fundamentalismo islámico, a pesar del respaldo que algunas de éstas recibieran de esa potencia en el marco de la guerra fría y principalmente durante la lucha contra el dominio soviético en Afganistán durante la década de 1980.
La extensión del integrismo islámico en la década de los noventa, se ha debido, entre otras causas, al fracaso
de las políticas de reformas socioeconómicas que habían llevado a cabo en las décadas anteriores gobiernos más o menos modernizadores, a quienes sus detractores acusaban de haber abandonado los valores tradicionales y las estructuras sociales y económicas islámicas.
Es importante resaltar que es un grave error asimilar al Islam con el fundamentalismo, del mismo
modo que el fundamentalismo de algunos grupos cristianos o judíos no involucra necesariamente a
las religiones que éstos invocan. El fundamentalismo no es necesariamente privativo de una religión o de una cultura histórica más que de otra, sino una tendencia que puede desarrollarse sobre la base de distintas religiones o ideologías40.
El impacto social y los cambios en el modo de vida cotidiano en Chile
El impacto social y los cambios en el modo de vida cotidiano en Chile
La globalización como fenómeno ha impactado con fuerza también a la sociedad chilena, transformando no sólo su estructura sino su propio imaginario y su proyección hacia el exterior.
A partir de la década de 1990, Chile comenzó a ocupar un nuevo papel dentro de la comunidad de
países periféricos, la de exitoso país en vías de desarrollo. Con ello, comenzó a tomar forma una nueva conciencia según la cual alcanzar el desarrollo no sólo era posible, sino que Chile estaba bien encaminado para lograrlo. En este contexto se entiende que, como plantea Jorge Larraín, alcanzar el desarrollo sea hoy el principal objetivo del gobierno, junto con la superación de la pobreza que aún afecta a alrededor de un 20 % de la población nacional
Pero esta realidad del Chile moderno, insertado de manera exitosa en el mundo, cuyos índices macroeconómicos y de desarrollo humano han mejorado aceleradamente, logrando el reconocimiento por parte de la comunidad internacional y cuya elite política, intelectual y social participa activamente de la llamada sociedad de la información, tiene numerosos claroscuros.
La globalización, como en la mayor parte del planeta, ha introducido y masificado en Chile una gran cantidad de prácticas, códigos, referentes sociales y culturales. Un efecto importante ha sido la masificación del consumo, derivado del incremento de los ingresos y, sobre todo, de la expansión del crédito. Éste ha permitido desarrollar estrategias de mejoramiento de las condiciones de vida materiales de las personas, aunque no necesariamente haya contribuido a la movilidad social. Mediante el crédito, personas con salarios medios y bajos pueden acceder hoy en día a múltiples bienes de consumo importados o hechos en Chile con componentes importados. Según Tomás Moulian, sólo están excluidas de la posibilidad de acceder a crédito las familias del estrato E, es decir, que tienen un ingreso promedio de $70.000 mensuales y que en el Gran Santiago representan alrededor de un 10% de la población. Esta masificación crediticia ha creado una gigantesca cadena de consumo con pago diferido .
Si bien la posibilidad de que todos los ciudadanos de un país puedan acceder a mejores condiciones de vida es un factor inmensamente positivo, aparecen nuevas problemáticas que se van interconectando entre sí y que van constituyendo parte esencial de esta sociedad moderna, como por ejemplo, el consumismo y el individualismo.
En esta línea, intentando caracterizar el Chile de hoy, Moulian plantea: “La cultura cotidiana del Chile Actual está penetrada por la simbólica del consumo. Desde el nivel de la subjetividad esto significa que en gran medida la identidad del Yo se construye a través de los objetos,
que se ha perdido la distinción entre ‘imagen’ y ser. El decorado del Yo, los objetos que dan cuenta del status, del nivel de confort, se confunden con los atributos del Yo. No solamente la estratificación del individuo se realiza a través de la exterioridad, por su consumo. También se constituye en ese plano la imagen de sí mismo, su ‘self-estime’, su relación con la sociedad o su conciencia social. El decorado o la fachada pasa a ser parte del Yo, núcleo íntimo de ese Yo. Esto se ha vuelto imagen en un espejo, atrapado en la cultura de la exterioridad. Soy el auto que tengo frente a la puerta o las mejoras realizadas en la casa que la diferencian de otras en una misma población, soy el colegio en el que los niños estudian”
De esta realidad, en la que el consumo es el que da sentido a la existencia y en el que la distribución del ingreso es extraordinariamente desigual, se deriva otro rasgo sustantivo de la actual sociedad chilena, que se manifiesta con todas sus fuerzas en la vida de las grandes ciudades y especialmente del Gran Santiago: “el consumo con endeudamiento exige intensificar el trabajo, aumentando el rendimiento para evitar el riesgo de la pérdida del empleo o para conseguir ascensos, alargando la jornada o buscando fuentes adicionales de ingreso”.
Por otra parte, al margen de la difusión del consumo, en la sociedad chilena también se ha producido aquel efecto anteriormente analizado de la globalización, que aumenta las brechas existentes al interior de la sociedad misma. Existe en Chile una élite intelectual, económica y política de carácter transnacional en perfecta armonía con el mundo globalizado, mientras una gran parte de la población sólo permanece como espectador ante una realidad que pasa frente a sus ojos principalmente a través de los medios de comunicación masiva.
A modo de ejemplo, anteriormente se hizo referencia a la dimensión tecnológica de la globalización
liderada por Internet y la tecnología digital, y al hecho que el conocimiento y la información se han
constituido en el producto más valioso en la dinámica de este mundo cambiante y acelerado. La clave para que este producto sea accesible a la población es la educación. Si bien se han hecho importantes esfuerzos y se han obtenido grandes logros en este sentido, todavía queda mucho por avanzar en ello para estar a la altura de los desafíos que impone la globalización.
A pesar de los contrastes existentes al interior de la sociedad chilena y la enorme distancia que en
numerosos aspectos tenemos con la realidad de los países más desarrollados, es destacable que Chile ha ido avanzando en sus metas. De hecho, en el Informe de Desarrollo Humano 2002, realizado por el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), Chile se encuentra dentro de los países que se consideran con un Desarrollo Humano alto (Índice de Desarrollo Humano por sobre los 0,800) encontrándose en el lugar 38 a nivel mundial y en el lugar 2 en América Latina.
Chile y los desafíos de la globalización
“EL TIEMPO / Bogotá / 1 de septiembre de 2002 / Lecturas Dominicales
Latinoamérica, otra vez maltrecha
Ricardo Lagos, Presidente de Chile:
Desde los años 80, todos nuestros países, en mayor o menor medida, hicieron suyo el así llamado ‘Consenso de Washington’. Reformamos nuestras economías para lograr un marco macroeconómico equilibrado, abrimos los mercados para aumentar la competitividad, reconocimos a un sector privado eficaz y en expansión como el principal motor del progreso económico. América Latina realizó notables esfuerzos, para incorporarse a las tendencias principales del sistema internacional y aproximarse a la modernidad difundida por el proceso globalizador. Sin embargo, si bien nuestra región logró avances importantes, el balance de hoy dista de ser positivo y una vez más la frustración asoma su rostro entre los pueblos del continente. Ello se debe a que los cambios de las políticas económicas no se han traducido en bienestar para gran parte de los ciudadanos y la desigualdad ha seguido reproduciéndose.
Este malestar económico y social se ha extendido en muchos de nuestros países al campo político y amenaza la legitimidad de las democracias en el continente. Vemos que crece el desapego a las instituciones, a las organizaciones y a los liderazgos. Aquí tenemos un reto mayor. Como resultado de dificultades en el camino, los sistemas democráticos son percibidos por muchos de nuestros conciudadanos como insuficientes para dar respuestas a las demandas de las mayorías.
Creo que el problema puede resumirse en que las políticas basadas en el Consenso de Washington no alcanzan por sí solas a resolver los desafíos de equidad y de igualdad de oportunidades, sin las cuales no es posible la cohesión social. Esta cohesión social requiere de políticas públicas orientadas a su consecución.
Por lo tanto, ello exige poner la misma fuerza con la cual hemos impulsado reformas económicas indispensables, en llevar adelante aquellas reformas sociales que brinden seguridad a la ciudadanía.
La gente espera vivir con más certezas en ámbitos como el trabajo, la salud, la educación y el acceso a la vivienda, garantizando protección social mediante sistemas universales, solidarios, eficientes e integrales.
Como todos sabemos, estas reformas no son fáciles de implementar. Ellas provocan la resistencia de distintos intereses corporativos y, en muchos casos, concitan el rechazo de los fundamentalistas del mercado. Ante ellos cabe hablar con claridad: el mercado asigna recursos y asigna bien los recursos, pero actúa en tanto somos consumidores. Esa es su dimensión, no otra.
Ciudadanos y consumidores somos todos, pero los consumidores sólo participan según su bolsillo. Los ciudadanos tenemos todos un voto y en ello se funda la igualdad democrática. Las sociedades deben articularse a partir de los ciudadanos, no de los consumidores. Ello está ligado directamente con la calidad del debate público y apunta a construir democracias serias y responsables, que rechazan el populismo y la falta de transparencia en el manejo de los asuntos públicos y saben decir ‘no’ cuando las prioridades y los recursos lo indican.
Lo que estamos viendo en la América Latina de hoy no es consecuencia de un fracaso de la democracia ni lo es de determinados planteamientos económicos. Pero si debemos asumir que no hemos sido capaces de sostener con la misma fuerza la necesidad de impulsar políticas económicas serias en paralelo a políticas sociales impostergables. Esa es la única vía para superar los riesgos sociales instalados entre nosotros a partir de la globalización, a la vez que dar calidad a la democracia y cohesionar sociedades escindidas durante siglos.
Los cambios vividos en los años recientes nos convocan a entender los procesos de globalización en todas sus dimensiones. Hay quienes ven en ello sólo los aspectos negativos, otros ven sobre todo sus oportunidades.
La verdad es que la globalización es un proceso irreversible y ambivalente que conlleva peligros y posibilidades. La caída del Muro de Berlín fue una conquista importante de la libertad, sin embargo no hizo caer el Muro entre ricos y pobres, entre alfabetos y analfabetos, no hizo caer el muro entre los que tienen y no tienen acceso a oportunidades de educación o de salud, esos muros existen, y esos muros plantean desafíos frente a los cuales todos somos llamados a actuar.
Reforma financiera
Lo anterior hace que frente a la nueva realidad global, los países de América Latina debemos tener
una posición activa. No queremos una globalización sin reglas porque en ese caso las reglas las pondrán los más fuertes. El mundo de hoy tiene reglas, pero muchas de ellas marcadas por su origen tras la Segunda Guerra. Y esa realidad plantea interrogantes: ¿Cuál es la carta de Naciones Unidas que necesitamos hoy? ¿Dónde se debate el futuro? ¿O se debate en el G-8, y en ese caso, cuál es nuestra voz ahí? ¿Qué ocurre con los acuerdos de Bretton Woods levantados para reconstruir la Europa devastada por la guerra? ¿Y qué tiene que ver el mundo económico de 1944, ese de Bretton Woods, con el mundo económico del 2002 a escala planetaria? El FMI surgió para cuidar los tipos de cambio entre los países y promover su comercio. Hoy su rol es muy distinto y hace inevitable la pregunta: ¿cuándo y dónde hemos debatido estos nuevos poderes del FMI? (…)
Para avanzar en la interacción globalidad, democracia, equidad y ciudadanía es necesario poner al ser humano en el centro de nuestras políticas. El gran frente levantado ante la amenaza terrorista tras los atentados del 11 de septiembre, también tiene la posibilidad de actuar en términos positivos, definiendo los nuevos parámetros de convivencia en los cuales se inscriba la acción política de este tiempo. El terrorismo es un problema global pero existen otros problemas globales que dan base a la inestabilidad, desigualdad e injusticia que operan como caldo de cultivo del terror y la inseguridad.
Se requiere en consecuencia de una agenda que se proponga una nueva arquitectura financiera internacional y sea capaz de proteger otros bienes públicos tales como la vigencia de los derechos humanos, el medio ambiente, la superación de la pobreza y las desigualdades a través de instrumentos y reglas capaces de proteger los esfuerzos de las economías más débiles. Ya es hora de pensar cuál es la carta social a nivel mundial que queremos para reforzar la cohesión de las sociedades a nivel global, tal como se han hecho los pactos sociales a nivel nacional a lo largo del siglo XX, pactos como los que hicieron posible el éxito económico y el fortalecimiento de la democracia en la Europa devastada por la Segunda Guerra. Por su parte, las fuerzas del mercado descubren día a día como sus estrategias de crecimiento requieren de un ordenamiento institucional basado en valores y de una cohesión social efectiva (...)”
servido por Fanny Jeanette
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El día de los muertos, un espacio para reflexionar nuestra cultura:
La muerte, la muerte es un símbolo muy común en nuestras culturas latinoamericanas. Muchos de nosotros celebramos el Día de los Muertos, a cuántos de nosotros nos han llevado de niños al cementerio a limpiar las bóvedas de nuestros difuntos,incluso de aquellos que nunca conocimos pero que escuchamos sus vidas como en lontananza de los relatos familiares.
El día de los muertos es una fiesta tradicional del mundo católico, una fiesta universal, pero que en nuestra América Latina tiene rasgos ancestrales,elementos culturales que ninguna hueste hispana, ni cédula real de la corona, ni el mundo globalizado avasallador y homogeneizante han podido desarraigar. Cuántos de nosotros hemos celebrado este día, con comidas, bailes, música, bebidas, figuritas de pan.
El día de los muertos es el día en que las almas -envueltas en espíritus traviesos, protectores, malévolos o simplemente solitarios- salen del lugar donde el eterno descanso los ampara, salen a visitarnos, salen a acosarnos, salen a aterrarnos... todo depende del lugar donde nos encontremos (en una gran urbe, en una ciudad pequeña, en el medio de la nada en el campo, en el desierto, en lo alto de la montaña, en México, Chile, Bolivia, Argentina, Guatemala, Perú...). Todo depende de si es un alma en pena de algún condenado que no ha encontrado la paz en la otra dimensión del universo, en la vida de la no vida, donde la carne y el cuerpo sólo son recuerdos. Y llegan a nuestras casas, les hacemos figuritas de pan con todo aquello que el difunto disfrutaba en la vida, cuando se paseaba entre nosotros, esa noche, la de los muertos, la única en que entran nuevamente a casa y disfrutan con nosotros.
Esa noche las zampoñas, esa noche el sonido de algún tambor de cuero los invoca. Esa noche la fiesta está servida de los mejores platos, aquellos que el difunto disfrutaba en vida, esa noche la fiesta esta mojada con los mejores tragos, aquellos que el difunto bebía y se extasiaba cuando era uno más del mundo de los vivos. Amasamos para el toda la semana, amasamos sus herramientas de trabajo, amasamos sus instrumentos musicales favoritos, amasamos todo lo que fue su vida cuando anduvo entre nosotros, amasamos el viento que golpeó su cara, amasamos la lluvia que lavó algún dolor y limpió alguna herida, amasamos la tierra que sembró con sus manos, amasamos las semillas que introdujo en la tierra, amasamos la luna que lo miraba cuando estaba llena, amasamos el sol que lo abrigaba cuando estaba lleno de esta vida.
Esta noche, la víspera de mañana, lo velamos con todo lo que tuvo y con todo lo que dio en la familia... cuando amanece galopamos con bríos al cementerio, cargando en nuestras manos las flores de la vida, lo acompañamos la jornada, la fiesta está llena de música, comida, bebidas, pero sobre todo está tan llena de vida. La muerte es entonces solo un paso, solo un estado, nuestros difuntos, nuestros muertos, siempre están con nosotros. Nos protegen, nos cuidan, nos salvan de alguna inclemencia perversa, nos animan. Solo que este día bajan de los cerros, salen de la tierra, arañan sus sepulcros y nos acompañan para que nada malo suceda en nuestras vidas. Solo así, solo honrándolos como se honra a los dioses en los altares más altos estaremos asegurando una buena vida. Así transcurre este día acá en el sur del mundo, en el norte de mi casa, Así transcurre el dia... entre huainos, takirares, sonidos del viento en las zampoñas, tambores de cuero para que ese día la calavera de nuestros difuntos se llene de la carne que amasamos para este día...
Es el día de los muertos una fiesta tradicional común en nuestra América morena, solo que en cada lugar de ella tiene formas diferentes, la diversidad que respiramos no cambia el sentido de este día. Conectarnos con nuestros ancestros, con aquellos que poblaron esta vida. (1.11.2003)
Fanny Barrientos Cuzatt
Profesora de Historia y Geografía
servido por Fanny Jeanette
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